Vrabnik: historias y tradiciones del “primer pueblo búlgaro de Albania”

lunes, 5 enero 2026, 14:24

Vrabnik: historias y tradiciones del “primer pueblo búlgaro de Albania”

FOTO Vesela Krasteva

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Los primeros días del 2026 nos han mostrado que tanto los tiempos, como las personas que los habitamos, siguen siendo los mismos. Con una moneda nueva en nuestras carteras y una nueva esperanza de un mejor futuro, hoy les contaremos acerca de este pequeño pueblito, para muchos desconocido y por tanto “nuevo”, pero que lleva ahí desde hace siglos y porta el hilo invisible que une “aquí” y un “allá”. Pero además, del “ayer” y el “mañana”.

Así es el pueblo búlgaro de Vrabnik, en Albania. Acurrucado en medio de la naturaleza. Este lugar estuvo rodeado antaño de sauces llorones y de agua, y de ahí el nombre que lleva (Vrabnik viene de la palabra búlgara “varbá”,“sauce”). Un nombre que le dio la propia tierra, aquella que también ha dado vida a tantas generaciones de búlgaros. Hoy el pueblo está casi vacío, pero sus historias se conservan en los corazones de quienes todavía lo habitan. Un equipo de Radio Bulgaria estuvo de visita en Vrabnik a finales de 2025, con motivo de la fiesta patronal del pueblo: el día de Santa Petka. El alcalde, Pandi Endriko, le dio una cálida bienvenida. Él es de los pocos que nacieron este lugar y que eligieron regresar, y su relato es el espejo del destino de todo Vrabnik en las últimas décadas:

FOTO Vesela Krasteva

“Hace unos treinta años, durante el comunismo, casi nadie se iba del pueblo. Aquí vivían unas 450 a 550 personas. Después de los cambios políticos y la llegada de la democracia los jóvenes empezaron a irse porque dejó de haber trabajo. Se fueron al extranjero: a Grecia, a Bulgaria, a Alemania, a Estados Unidos… Y poco a poco el pueblo empezó a vaciarse”, cuenta Pandi. Él mismo estuvo viviendo y trabajando muchos años en Grecia pero acabó regresando. A sus padres, y a sus raíces.

FOTO Vesela Krasteva

El alcalde dice no tener una respuesta clara a la pregunta de “¿Cuándo fue fundado el pueblo?”. Lo que es seguro es que sus raíces datan de hace al menos dos siglos, y que la historia a menudo se refiere a él como al “primer pueblo búlgaro en Albania”. Vrabnik no recuerda su fecha de nacimiento pero sí recuerda a su gente. Y sus comienzos no están escritos en papel, sino que se esconden en las raíces de las familias, de las antiguas casas, y del espíritu de Bulgaria como país de origen de sus habitantes. Así lo explica el propio Pandi Endriko:

“Nadie sabe exactamente cuándo se fundó. Mi casa tiene más de ciento cincuenta años. Mi familia es de aquí: mis abuelos y mis bisabuelos nacieron aquí. Y todos nuestros antepasados están enterrados en el cementerio local”, nos explica Pandi.

Hoy en día, en el pueblo de Vrabnik quedan unas treinta personas, todas ellas mayores de 75 años. Ya hay una escuela, y tampoco niños. Las casas son viejas, la mayoría tienen más de cien años, pero en verano algunas de ellas vuelven a cobrar vida, ya que los descendientes que viven en la ciudad o en el extranjero regresan, aunque sólo sea por uno o dos meses.

FOTO Vesela Krasteva

Como alcalde del pueblo, Pandi Endriko conoce mejor que nadie sus necesidades y considera que el mayor problema es el alcantarillado, que está muy deteriorado y, en algunos lugares ni existe. Sin embargo, él no olvida mencionar que también hay motivos para estar agradecidos. Por ejemplo la carretera que conduce al pueblo, que ha sido reparada gracias al apoyo del Estado búlgaro. La gente de Vrabnik está profundamente agradecida por ello, puesto que esta carretera es su conexión con el mundo.

Hoy en día, la mayor preocupación de los lugareños es el estado de la iglesia de San Jorge, la cual necesita una reparación urgente. Construida en 1823, la iglesia fue incendiada durante la rebelión de Ilinden-Preobrazhenie y fue restaurada por los habitantes del pueblo y de la región de Mala Prespa. Durante el régimen de Enver Hodzha, esta iglesia fue convertida en un espacio para secar la ropa. A finales de la década de los 90, el templo fue restaurado de nuevo. Hoy en día, su existencia como fuente de esperanza y unión se pone de nuevo a prueba: el techo del centro espiritual de Vrabnik se encuentra en muy mal estado y el edificio necesita una importante restauración y una reparación general.

“Esta iglesia no es simplemente un templo, sino que es también la guardiana de la memoria de los habitantes de este lugar: un símbolo de su fe y de su espiritualidad”, comparte Pandi Endriko.

Kostadina Belo y la abuela Dimana

FOTO Vesela Krasteva

Nosotros nos hemos convencido personalmente de esta memoria y de lo unidos que son los lugareños, algo que le hace sonreír a uno incluso en la noche más oscura. Con la voz de la abuela Dimana Shano -una voz que emociona con cada palabra, y que revela recuerdos con cada pausa- regresamos atrás en el tiempo:

“Habéis venido a nuestra fiesta de Santa Petka. Por el día de Santa Petka tradicionalmente se cocina repollo. Se prepara un plato de repollo, pero se debe utilizar carne de embutido seco, como la cecina (pastarmá) de oveja o de cabra. Así se cocinaba en aquella época. No se utilizaba carne de ternera ni de cerdo, porque el plato no salía bien. Se usaba carne de oveja o de cabra, y se preparaban también patatas y sopa. Así se celebraba esta fiesta”.

FOTO Vesela Krasteva

Antaño el pueblo era una gran familia, nos cuenta la abuela Mana. Todas las casas estaban llenas, la gente no se iba de allí. Por las fiestas se invitaba a gente a casa, se ponía al fuego una olla grande, y se cocinaba repollo para todos, con carne y con patatas. “Había mucha gente”, recuerda con una nostálgica sonrisa nuestra interlocutora.

Las mujeres del pueblo de Vrabnik no solmente son buenas guardianas de las tradiciones y las costumbres locales, sino que también son unas grandes cocineras. Algunos de los platos tradicionales del pueblo son el fasúlnik (de fasúl, judías verdes), o bóbenik (de bob, alubias), una empanada (bánitsa) con judías verdes; la bánitsa tradicional (pastel salado con masa filo, huevos y queso búlgaro), el burek (otro tipo de bánitsa), el mléchnik (bánitsa dulce, bañada en leche), así como dulces típicos como la baklava, el pengir (postre de sémola de trigo bañado en almíbar) y muchos más. Y durante todo el año lo más emocionante para todos eran las costumbres nupciales de esta zona.

FOTO Archivo personal de Dimana Shano

“Las bodas comenzaban desde el lunes”, nos cuenta la abuela Mana. “Se compraban manzanas y dos niños con un paño lleno de manzanas iban repartiendo una en cada casa para invitar a todos a la boda. Ahora se envían invitaciones por escrito. Después se preparaba el “slanudok” (garbanzos) para amasar un pan tradicional. Toda la familia se reunía en casa del novio, se cantaban canciones toda la noche, nadie se iba a dormir para cuidar que los garbanzos no se quemaran. Las canciones continuaban hasta la mañana siguiente. Al día siguiente se amasaban los panes rituales. Los hornos estaban llenos. Se hacían 10-11 bandejas de pan, decoradas con flores y azúcar. El viernes, los parientes del novio venían a recoger el ajuar de la novia. Todo lo que ella había preparado (ropa, alfombras, mantas, almohadas, manteles) se cargaba en un carro o en un coche, y se llevaba por el pueblo para que todos lo vieran. La madre del novio compraba el vestuario. Todo el pueblo participaba.”


FOTO Archivo personal de Dimana Shano

“El novio invitaba a todo el pueblo a que le acompañara a ir a buscar a la novia, y todos partían juntos. No importaba si eras pariente o no. Todo se hacía con mucha alegría. Había música, canciones y bailes por el camino. Se cantaban diferentes canciones, unas del lado de la novia y otras del lado del novio. A la novia le ataban las manos con una camisa y un niño pequeño la guiaba por delante. Se detenían en medio del camino para que el novio pudiera echar dinero en la camisa y comprar a la novia o, de lo contrario, no le entregaban a la muchacha. Cuando la novia salía de su casa, se daba la vuelta, se inclinaba tres veces y ya entonces se marchaba. Al entrar en su nuevo hogar, el primer paso lo daba con el pie derecho. Le untaban las manos con miel y después ella untaba la puerta de entrada de la casa para que su vida allí fuera dulce. Y le ponían un pan bajo cada brazo para que tuviera un hogar de abundancia y riqueza”. Con estas historias la abuela Dimana nos transportaba al pasado, a una boda búlgara llena de risas, alegría y fe en el nuevo comienzo de dos personas, pero también en la comunidad de un pueblo.


FOTO Archivo personal de Dimana Shano

El aroma del fasúlnik y el mléchik llenó otro año más las pocas casa búlgaras que quedan en tierras albanesas, pero las palabras de la abuela Dimana y los recuerdos de Pandi Endriko nos han transportado a un momento en que Vrabnik sigue lleno de vida. Vrabnik vive a través de las personas que guardan su historia, a través de los bellos recuerdos de los días de Navidad, Santa Petka o Mitrovden, a través de las bodas que llenaban cada casa de alegría, de risas y olores deliciosos. En 2026, pese a sus silenciosas casas, Vrabnik seguirá hablando con la voz de sus mayores, y el calor de los que aman este lugar búlgaro en tierra extranjera.


Autoras: Kostandina Bello y Vesela Krasteva

Traducción: Alena Markova

FOTO Vesela Krasteva